Esos días filosos
Hoy tengo uno de esos días filosos: no se si rayo la euforia o estoy por partirle la cara al primer pelotudo que se me cruce en un arranque de ira. Estos días son siempre peligrosos, e indefectiblemente terminan mal. Que extaño, justo un viernes, donde normalmente el cansancio no me deja otras opciones de mirar la vida en un estado absolutamente zen.
Los días de mi semana son así, que le voy a hacer. Los lunes no la paso tan mal, contrariamente a lo tan predicado. El lunes para mí tiene el buen tino de haber acabado con el domingo insoportable (hasta el mediodía se maneja, pero las tardes domingueras son irritantes) y, además, todavía uno tiene el gustito del fin de semana en la boca. Los martes de depresión (si, que se yo, se da de esta manera) son el peor día: ya no hay sabor de fin de semana, hay que laburar en serio, y todavía falta para el próximo viernes. Luego vienen los miércoles, que todos saben, es como un recreo a mediados de semana. Seguro nos encontramos a cenar, o por lo menos a tomar algo al salir de la oficina. Y es el día más barato del cine.
Los jueves... que días lindos, los jueves. Esos días son los mejores. Uno ya palpita el fin de semana. Se labura bien, con buen ritmo, todo lo que debe resolverse tiene chance aún de ser resuelto, y en casa del Gato es inevitable el aquelarre. Justo ese día caemos todos, sin cita, a guitarrear y hacer una avant - premiere del finde. Los jueves son fantásticos.
Los viernes ya son un jolgorio. Se labura lo menos posible, porque total... ya nada se puede solucionar. Todo el mundo esta de buen humor, se permiten los recreos mas largos que lo normal, y para mí era el día de almorzar con mis abuelos. Ahora ya no, porque la economía complica las juntas pantagruélicas de ese estilo; pero de todas maneras me quedó el buen recuerdo de esos almuerzos caserísimos. Sobre la hora de irse, en la oficina hace unos 15 minutos que lo único que se mueve es el mate y la charla de "que vas a hacer el fin de semana?".
Luego los sábados de gloria.
Y de nuevo el medio día que es el domingo. El resto del día es un agujero negro.
Por eso me extraña este viernes filoso. Podría enamorarme o abrirte las tripas de un solo zarpazo.
Los días de mi semana son así, que le voy a hacer. Los lunes no la paso tan mal, contrariamente a lo tan predicado. El lunes para mí tiene el buen tino de haber acabado con el domingo insoportable (hasta el mediodía se maneja, pero las tardes domingueras son irritantes) y, además, todavía uno tiene el gustito del fin de semana en la boca. Los martes de depresión (si, que se yo, se da de esta manera) son el peor día: ya no hay sabor de fin de semana, hay que laburar en serio, y todavía falta para el próximo viernes. Luego vienen los miércoles, que todos saben, es como un recreo a mediados de semana. Seguro nos encontramos a cenar, o por lo menos a tomar algo al salir de la oficina. Y es el día más barato del cine.
Los jueves... que días lindos, los jueves. Esos días son los mejores. Uno ya palpita el fin de semana. Se labura bien, con buen ritmo, todo lo que debe resolverse tiene chance aún de ser resuelto, y en casa del Gato es inevitable el aquelarre. Justo ese día caemos todos, sin cita, a guitarrear y hacer una avant - premiere del finde. Los jueves son fantásticos.
Los viernes ya son un jolgorio. Se labura lo menos posible, porque total... ya nada se puede solucionar. Todo el mundo esta de buen humor, se permiten los recreos mas largos que lo normal, y para mí era el día de almorzar con mis abuelos. Ahora ya no, porque la economía complica las juntas pantagruélicas de ese estilo; pero de todas maneras me quedó el buen recuerdo de esos almuerzos caserísimos. Sobre la hora de irse, en la oficina hace unos 15 minutos que lo único que se mueve es el mate y la charla de "que vas a hacer el fin de semana?".
Luego los sábados de gloria.
Y de nuevo el medio día que es el domingo. El resto del día es un agujero negro.
Por eso me extraña este viernes filoso. Podría enamorarme o abrirte las tripas de un solo zarpazo.

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