Que ganas de volver a quererte
Hoy llamaste por teléfono para preguntarme si podías venir a pasar el tiempo a mi casa... yo estaba dormida, con toda la guardia baja, y te dije: "claro, claro que sí."
Y viniste.
Y tocaste el timbre y yo te abrí y seguía dormida cuando ingresaste a mi departamento. Y te sentaste en el sillón, a leer ofertas, dándome tiempo a que me sentara por fin en la cama y me pusiera los pantalones y los tacos y me dejara el buzo de mi pijama viejo y me fuera hasta vos con los ojos cerrados, intentando en vano dejar el mundo de los sueños, porque había que ir a trabajar y bueno...
Y ahí empezaron de vuelta mis ganas de quererte otra vez, como te quise, así, con esa pureza y esa pasión. Abriste los brazos, me dejaste caer, me dejaste refugiarme en vos y me acunaste para que despertara suavemente, sin maldad, sin búsqueda final de sexo, simplemente te causó ternura verme tan dormida y las defensas allá por el piso y las tuyas cayeron también junto a las mías y estabamos los dos desnudos de defensas y a pleno sol de otoño que entraba de refilón por la ventana del living, dichosos, colmados, riéndonos a boca llena de las pavadas que yo intentaba mascullar dormida y de las verdades sin dolor que vos mascullabas despierto, que estás bien, que sos feliz con esa chica que está con vos, que tenés miedo que ella te deje, que tus amigos están raros, que estás enojado con Daniel, que no te gusta laburar así con tu jefe, que te vas a comprar un lavarropas y que el otro sí, se fue a Buenos Aires atrás de Carina, aunque a Carina el juego le haya durado mucho menos.
Y vos reías y yo no podía despertarme y quería seguir así, en la vigilia con tus mimos y tu risa y ese sol maravilloso dándonos calor en esta tarde helada del sur argentino.
Y poco a poco fui despertando con tu cháchara mezclada de verdades, y poco a poco empezamos a subirnos las defensas, y tomamos la avenida y la camioneta jugó a que no me traía hasta la oficina solo para dilatar el quiebre de este momento único, y entonces llegamos inevitablemente y tarde y te miré y me miraste y nos quisimos con amor lindo, con amistad de la buena, con la conciencia de conocernos desnudos físicamente y en el alma, y entonces te dije que te quería y que estabas lindo y no era con malicia ni con fines de sexo, porque ya no te deseo pero te quiero y vos sonreíste y me dijiste "espero que estés bien" que es tu manera de decirme que tampoco me deseas, pero como nos queremos...
Y abrí la puerta y subí y te ví irte plácido, como un perro dominguero durmiendo la siesta al reparo del viento una tarde de otoño con sol, y sentí como que había sido una despedida de nosotros, de la pareja que ya no somos (y que nunca terminamos de ser, realmente), y de dio una congoja dulce y me dije a mi misma "que ganas de volver a quererte". Que ganas de volver a quererte, Gato, y que bueno que podamos tenernos así, sin herirnos, plácidos al sol el uno con el otro.
Y viniste.
Y tocaste el timbre y yo te abrí y seguía dormida cuando ingresaste a mi departamento. Y te sentaste en el sillón, a leer ofertas, dándome tiempo a que me sentara por fin en la cama y me pusiera los pantalones y los tacos y me dejara el buzo de mi pijama viejo y me fuera hasta vos con los ojos cerrados, intentando en vano dejar el mundo de los sueños, porque había que ir a trabajar y bueno...
Y ahí empezaron de vuelta mis ganas de quererte otra vez, como te quise, así, con esa pureza y esa pasión. Abriste los brazos, me dejaste caer, me dejaste refugiarme en vos y me acunaste para que despertara suavemente, sin maldad, sin búsqueda final de sexo, simplemente te causó ternura verme tan dormida y las defensas allá por el piso y las tuyas cayeron también junto a las mías y estabamos los dos desnudos de defensas y a pleno sol de otoño que entraba de refilón por la ventana del living, dichosos, colmados, riéndonos a boca llena de las pavadas que yo intentaba mascullar dormida y de las verdades sin dolor que vos mascullabas despierto, que estás bien, que sos feliz con esa chica que está con vos, que tenés miedo que ella te deje, que tus amigos están raros, que estás enojado con Daniel, que no te gusta laburar así con tu jefe, que te vas a comprar un lavarropas y que el otro sí, se fue a Buenos Aires atrás de Carina, aunque a Carina el juego le haya durado mucho menos.
Y vos reías y yo no podía despertarme y quería seguir así, en la vigilia con tus mimos y tu risa y ese sol maravilloso dándonos calor en esta tarde helada del sur argentino.
Y poco a poco fui despertando con tu cháchara mezclada de verdades, y poco a poco empezamos a subirnos las defensas, y tomamos la avenida y la camioneta jugó a que no me traía hasta la oficina solo para dilatar el quiebre de este momento único, y entonces llegamos inevitablemente y tarde y te miré y me miraste y nos quisimos con amor lindo, con amistad de la buena, con la conciencia de conocernos desnudos físicamente y en el alma, y entonces te dije que te quería y que estabas lindo y no era con malicia ni con fines de sexo, porque ya no te deseo pero te quiero y vos sonreíste y me dijiste "espero que estés bien" que es tu manera de decirme que tampoco me deseas, pero como nos queremos...
Y abrí la puerta y subí y te ví irte plácido, como un perro dominguero durmiendo la siesta al reparo del viento una tarde de otoño con sol, y sentí como que había sido una despedida de nosotros, de la pareja que ya no somos (y que nunca terminamos de ser, realmente), y de dio una congoja dulce y me dije a mi misma "que ganas de volver a quererte". Que ganas de volver a quererte, Gato, y que bueno que podamos tenernos así, sin herirnos, plácidos al sol el uno con el otro.

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